Gracias del misterio de la Encarnación, descended a mi alma y hacedla verdaderamente humilde.
Señor, tu has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a Él en su naturaleza divina.
1. El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una Virgen (...) y el nombre de la Virgen era María. (Lc. 1,26- 27).
2. Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. Bendita Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. (Lc. 1, 28, 42).
3. Ella se turbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. (Lc. 1, 29).
4. El Ángel le dijo: no temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. (Lc. 1, 30).
5. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. (Lc. 1, 31).
6. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y su Reino no tendrá fin. (Lc. 1; 32, 33).
7. María dijo al Ángel: ¿cómo será esto, pues no conozco varón?. (Lc. 1, 34).
8. El Espíritu Santo descenderá sobre Ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. (Lc. 1, 35).
9. Por eso el Hijo, en Ti engendrado, será Santo, será Hijo de Dios. (Lc. 1, 35).
10. He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra. (Lc. 1, 38).
El primer misterio habla de esa hora sobremanera íntima en que se cambió el destino del mundo; de la nostalgia de la Creación, perdida en el pecado y la lejanía de Dios; del designio del Padre eterno de recibirla nuevamente merced al comienzo que supone la gracia; del primer descenso del Hijo hacia nosotros. Habla el anuncio del Ángela la vez mensaje y pregunta: “Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús”… Y de la disposición sin reservas de la más pura entre las mujeres a ser aquélla de quien el Hijo de Dios había de tomar nuestra existencia humana: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 31-38). Mayor intimidad no ha rodeado nunca a un acontecimiento. Más sencillamente no ha sido jamás realizado un acto. La decisión que ahí se toma, sin embargo, abarca desde la tierra al cielo.
Este acontecimiento se repite espiritualmente en toda vida creyente. Sobre todo cuando la persona es conmovida por primera vez –a través de otra persona, o de un libro, o de una experiencia interna- y de tal modo por la figura y la palabra de Cristo que siente que aquí está la verdad, y se muestra dispuesto a asumirla. Entonces, penetra en ella la figura y la energía viviente del Señor, y empieza a darse lo que decíamos: la presencia y el crecimiento de Cristo en la persona; la configuración del hombre en Él. A partir de aquí, la llamada se produce una y otra vez. Cuando oímos su verdad, vemos el resplandor de su imagen, recibimos las exhortaciones de sus mandatos, nos sentimos instados a recibir a Cristo en nuestro corazón de modo más entrañable y poner de buen grado nuestro propio ser a su disposición.
Guardini, Romano, Orar con... El Rosario de Nuestra Señora, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2008, p. 107.
El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios. (RVM, 20)
Jesucristo, Verbo e Hijo de Dios, se hace hombre para acercarse al hombre y brindarle, por la fuerza de su misterio, la salvación, gran don de Dios. (México, 1979)
En efecto, en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando « la obediencia de la fe »…
Acogiendo este anuncio, María se convertiría en la « Madre del Señor » y en ella se realizaría el misterio divino de la Encarnación. (RM, 13)
“Salve, María! Pronuncio con inmenso amor y reverencia estas palabras, tan sencillas y a la vez tan maravillosas. Nadie podrá saludarte nunca de un modo tan estupendo que como lo hizo un día el arcángel en el momento de la Anunciación. (México, 1979)
Martínez Puche, José A., El Rosario de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid, 2003, p. 6.