Martes, 5 de agosto del 2008
1 Jesús fue al monte de los Olivos. 2 Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. 3 Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, 4 dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». 6 Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. 7 Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». 8 E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. 9 Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, 10 e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». 11 Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».
Mt. 14. 13-21 Mc. 6. 32-44 Lc. 9. 10-17
1 Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. 2 Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. 3 Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. 4 Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. 5 Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?». 6 Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. 7 Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan». 8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?». 10 Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. 11 Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. 12 Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada». 13 Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. 14 Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». 15 Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
Mt. 8. 23-27 Lc. 8. 22-25
35 Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». 36 Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. 37 Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. 38 Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. 39 Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. 40 Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». 41 Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».
Jesús vino al mundo para que los hombres «tengan Vida y la tengan en abundancia» (10. 10). Y en el diálogo con Nicodemo, él nos dice que esa vida es una novedad tan radical, que para poseerla es preciso «nacer de nuevo». Sólo el que renace «de lo alto» por el «agua» del Bautismo y por la acción del «Espíritu» puede participar de la Vida de Dios (3. 3, 5).
A continuación, el evangelista nos presenta a Jesús dialogando con una mujer de Samaría. El Señor pasa casi insensiblemente de las realidades materiales a las espirituales. El agua que brota de la tierra puede saciar la sed sólo por un tiempo. Únicamente el agua que nos da Cristo saciará para siempre nuestra sed de verdad y de vida. Y esa agua es su mismo Espíritu, el principio del nuevo nacimiento y del culto nuevo, que Jesús viene a instaurar (4. 23).
El diálogo de Jesús con Nicodemo
1 Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. 2 Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él». 3 Jesús le respondió:
3 «Te aseguro
3 que el que no renace de lo alto
3 no puede ver el Reino de Dios».
4 Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». 5 Jesús le respondió:
5 «Te aseguro
5 que el que no nace del agua y del Espíritu
5 no puede entrar en el Reino de Dios.
6 Lo que nace de la carne es carne,
6 lo que nace del Espíritu es espíritu.
7 No te extrañes de que te haya dicho:
7 “Ustedes tienen que renacer de lo alto”.
8 El viento sopla donde quiere:
8 tú oyes su voz,
8 pero no sabes de dónde viene ni adónde va.
8 Lo mismo sucede
8 con todo el que ha nacido del Espíritu».
9 «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. 10 Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas?
11 Te aseguro
11 que nosotros hablamos de lo que sabemos
11 y damos testimonio de lo que hemos visto,
11 pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
12 Si no creen
12 cuando les hablo de las cosas de la tierra,
12 ¿cómo creerán
12 cuando les hable de las cosas del cielo?
13 Nadie ha subido al cielo,
13 sino el que descendió del cielo,
13 el Hijo del hombre que está en el cielo.
14 De la misma manera que Moisés
14 levantó en alto la serpiente en el desierto,
14 también es necesario
14 que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
15 para que todos los que creen en él
15 tengan Vida eterna.
16 Porque Dios amó tanto al mundo,
16 que entregó a su Hijo único
16 para que todo el que cree en él no muera,
16 sino que tenga Vida eterna.
17 Porque Dios no envió a su Hijo
17 para juzgar al mundo,
17 sino para que el mundo se salve por él.
18 El que cree en él, no es condenado;
18 el que no cree, ya está condenado,
18 porque no ha creído
18 en el nombre del Hijo único de Dios.
19 En esto consiste el juicio:
19 la luz vino al mundo,
19 y los hombres prefirieron
19 las tinieblas a la luz,
19 porque sus obras eran malas.
20 Todo el que obra mal
20 odia la luz y no se acerca a ella,
20 por temor de que sus obras sean descubiertas.
21 En cambio, el que obra conforme a la verdad
21 se acerca a la luz,
21 para que se ponga de manifiesto
21 que sus obras han sido hechas en Dios».
Mt. 21. 12-13 Mc. 11. 15-17 Lc. 19. 45-46
13 Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén 14 y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. 15 Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas 16 y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». 17 Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:
17 El celo por tu Casa me consumirá.
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