Señor, fortalécenos con tu auxilio, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal.
1. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: (Mc. 1, 14).
2. El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva. (Mc. 1, 15).
3. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. (Mt. 9, 2).
4. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: ¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados. (Mt. 9, 2).
5. Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: este está blasfemando. (Mt. 9,3).
6. Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? (Mt. 9,4-5).
7. Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice entonces al paralítico: "levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". (Mt. 9, 6).
8. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: jamás vimos cosa parecida. (Mc. 2, 12).
9. Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. (Mc. 2, 13).
10. Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. (Mc. 1, 39).
Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. (RVM, 21)
¡Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielos! Acogemos estas palabras con veneración y confianza, porque las pronunció, no un simple hombre, sino el Hijo de Dios. Consideramos que están dirigidas a cada uno de nosotros. Jesús, en efecto, no hablaba sólo para sus contemporáneos, sino para los hombres de todos los tiempos y de cualquier condición… Conversión quiere decir cambiar totalmente la dirección misma de la vida: abrirse a la fe, pasar del culto a las cosas materiales al uso inteligente de ellas como instrumentos para servir mejor a Dios y a los hermanos; pasar de la disipación mundana a la mentalidad cristiana; de la desilusión y del desaliento a la esperanza y a la alegría de una existencia llena de sentido. Convertirse quiere decir creer en el Evangelio, familiarizarse con las enseñanzas del Salvador y hacer de ellas la norma de nuestra vida diaria.
Martínez Puche, José A., El Rosario de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid, 2003, p. 20.