Lunes, 1 de marzo del 2010
¿Por qué te confundes y agitas ante los problemas de la vida?
Déjame el cuidado de tus cosas y todo te irá mejor.
Cuando te abandones en Mí, todo se resolverá con tranquilidad según m.is designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos.
Cierra los ojos del alma y dime con calma:
Jesús, yo confío en Ti.
Evita las preocupaciones angustiosas y los pensamientos sobre lo que puede suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí.
Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.
Dime frecuentemente: Jesús, yo confío en Ti.
Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera.
Cuando me dices Jesús, yo confío en Ti, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, y le sugiere el modo de hacerlo.
Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo.
Yo te amo.
Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando.
Cierra los ojos del alma y confía.
Continua diciéndome a toda hora: Jesús, yo confío en Ti.
Necesito mis manos libres para poder obrar. No me ates a tus preocupaciones inútiles. Satanás quiere sólo eso: Agitarte, angustiarte, quitarte la paz.
Confía sólo en Mí. Reposa en Mí. Abandónate en Mí.
Yo hago los milagros en proporción al abandono y confianza que tienes en Mí.
Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilo.
Dime siempre: Jesús, yo confío en Ti y verás grandes milagros. Te lo prometo por mi amor.
Domingo, 28 de febrero del 2010
Sí; bien, pero ¿por qué a través de la acción de comer su cuerpo y beber su sangre? ¿Por qué no un recuerdo que se consume en la dignidad y la pureza del Espíritu? ¡Porque la carne y la sangre del Señor, porque su cuerpo resucitado, porque su humanidad transfigurada es la Redención! Porque en la Eucaristía se renueva continuamente la participación en esta realidad transfigurada, divina y humana. Porque comer su cuerpo y beber su sangre es el pharmakon athanasias, el remedio que nos da la inmortalidad, tal como lo dicen los Padres griegos. Pero inmortalidad no de una vida “espiritual” , sino humana, corporal y espiritual, sumergida en la plenitud de Dios.
Guardini, Romano, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 533.
Ser “prójimo” significa abolir la exclusividad “yo-no, tú; mío-no, tuyo”; pero sin caer en la alternativa nefasta de que las personas se diluyan una en la otra y se lesione así la dignidad de cada una de ellas. Ser prójimo” no significa aumento de lo que sería posible para la fuerza y la convicción humanas, sino algo nuevo por gracia de Dios, algo que rebasa la lógica de la mera distinción y vinculación. Se trata de una nueva posibilidad del ser: el amor del Espíritu Santo entre los hombres. El amor cristiano no significa unir un yo y un tú que están separados, recurriendo a una fusión a nivel de la naturaleza, o a una actitud de abnegación. El amor cristiano alude en realidad a aquella apertura al otro y a la vez fidelidad a la propia identidad, alude a aquella intimidad y dignidad que provienen del Espíritu Santo.
Todo esto está referido a algo más abarcador: la creación nueva, el hombre nuevo, el cielo y la tierra nuevos. Será el mundo resucitado. En él ese estado que hemos tratado de vislumbrar será el que reine, el que determine todo. Sí; todo estará “abierto”, infinitamente abierto. Pero en esa apertura cada cosa estará a la vez preservada, será pura y digna. Todo pertenecerá a todos. Cada persona estará en la otra. Pero todo estará en una forma pura, en libertad y respeto. Todo será uno. Jesús lo dijo cuando se entregó a los suyos en el misterio de la Eucaristía: Que todo sea uno como lo es el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre. Así como Ellos son uno en el Espíritu, así también los hombres, en virtud del mismo Espíritu, deben ser, todos juntos, uno en Cristo (cf. Jn 17, 22 y ss).
Entonces el misterio de la santísima vida trinitaria embeberá y gobernará todo. Será todo en todo. La creación habrá de ser acogida en este misterio y recién entonces descubrirá su sentido más propio y será ella misma. Esto lo obrará el Espíritu. Él hará que todo sea “novia, esposa del Cordero” (Ap 21, 9).
Guardini, Romano, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 560.
Lo que hay en el cristiano procede de Dios y nos viene esencialmente como exigencia de llevar una nueva vida. Aquel volver a nacer del cual hablábamos no tiene nada que ver con magia, ni con iniciación en misterios, ni con irrupción en formas superiores de conciencia o cosas por el estilo, sino que se refiere a una realidad muy completa y simple: la conversión. Si convertirse en cristiano quiere decir colocar aquel nuevo comienzo en nosotros, ser cristiano es entonces consumar ese comienzo: hacer que nuestros pensamientos sean los de Cristo; que nuestra disposición interior sea la suya, que nuestra vida tenga como modelo la suya… Al obrar así, ¿quién habrá de gloriarse?
No es que Cristo esté en una orilla y nosotros en otra, y que contemplándolo y meditando sobre Él arribemos a la conclusión de que tiene razón, y acto seguido nos decidamos a cruzar el torrente e ir hacia Él… No; no es así el proceso de creer. Por este camino jamás llegaríamos a Cristo. Es Él quien habrá de venir a buscarnos. Tenemos que pedirle que envíe el Espíritu para poder ir hacia Él. Hemos de desprendernos de nosotros mismos y arriesgarnos a cruzar el torrente, contando con que Él habrá de asirnos y atraernos hacia sí.
Si éstos son nuestros pensamientos y ésta nuestra esperanza, entonces se habrá realizado lo que nosotros esperábamos, aunque nos sea más que a manera de un principio. Porque ya el mero hecho de tener esperanza en que el Señor nos concederá el don de creer, es algo que sólo podemos hacer si Él ya de alguna manera nos ha otorgado esa gracia.
Guardini, Romano, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 567.
Sábado, 6 de febrero del 2010
La caída del hombre en la nada se consumó en la rebelión contra Dios y por lo tanto no podía acarrearle a la creatura más que quebrantos y desesperación. Jesús experimentó a fondo esa caída. Pero lo hizo con amor, con una conciencia lúcida, con una voluntad libre, con un corazón sensible. Tanto más grande es el aniquilamiento cuanto más grande es aquel que lo padece. Nadie murió como Cristo murió, porque Él mismo era la Vida. Nadie fue castigado por el pecado tal como lo fue Él, porque Él era el Puro. Nadie ha experimentado la caída en la nada mala como Él, hasta sentir y gustar aquella terrible realidad que se traduce en las palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, porque Él era el Hijo de Dios (Mt 27, 46).
… Entonces Él, el Hijo infinitamente amado del Eterno Padre, descendió hasta el abismo absoluto, hasta el fondo del mal. Llegó hasta aquella nada de la cual debía surgir la nueva creación, la re-creatio, como decían los antiguos, la recreación de lo ya existente, de lo que había sido creado pero se estaba precipitando en la nada, encauzándolo hacia un hombre nuevo, un cielo y una tierra nuevos…
Cristo fue clavado en la cruz; y nadie llegará a comprender cabalmente cómo fue. En la medida en que una persona se haga cristiana y comience a amar al Señor empezará a tener algún vislumbre de este acontecimiento… Cómo en la cruz cesó todo hacer, todo trabajo, toda lucha. Cómo no hubo escapatoria ni reserva, sino que todo, cuerpo, corazón y espíritu, fue entregado a la hoguera de un padecimiento infinito, que todo lo colma; fue entregado a un juicio por la culpa asumida como propia, un juicio que se prolonga sin solución de continuidad hasta la muerte… Allí entonces Él alcanzó aquella hondura de la cual surge la nueva creación, convocada y llamada a la vida por la omnipotencia del amor.
… Entonces percibiremos que deberíamos salir de nosotros mismos; desasirnos de nosotros mismos; volvernos hacia Dios, hacia lo que es libertad y santidad. Pero no podemos hacerlo. Tiene que sobrevenir una fuerza que me capte y transforme hasta en aquella dimensión más íntima y lejana, y a la vez más propia, de mí persona…
… Por la muerte del Señor todo esto se ha convertido en realidad. Una realidad que ha transformado el mundo. Estar realmente vivos en la presencia de Dios es vivir nutriéndose de ella.
Si alguien preguntase: ¿Hay algo seguro? ¿Tan seguro que se pueda vivir y morir por ello? ¿Tan seguro que se pueda anclar todo en ello? La respuesta será entonces: el amor de Cristo… La vida nos enseña que esa dimensión fundante no pueden ser los hombres, aun cuando se tratase de los mejores y de los más queridos; tampoco la ciencia, ni la filosofía, ni el arte, ni cualquier otra cosa producida por fuerzas humanas. Tampoco la naturaleza, tan llena de profundos engaños; ni el tiempo ni el destino… Ni siquiera Dios a secas; ya que su ira se encendió por el pecado… Además, ¿cómo podríamos saber sin Cristo lo que hemos de esperar de Él? Por lo tanto, sólo el amor de Cristo es seguro. Ni siquiera podríamos decir: el amor de Dios, porque que Dios nos ama es algo que sabemos definitivamente sólo gracias a Cristo. Y aun cuando lo supiésemos sin Cristo, el amor también puede ser inexorable y tanto más duro cuanto más noble es. Dios ama también a través del perdón, y eso la sabemos recién por Cristo. Sí, lo único seguro es lo que se ha revelado en la cruz: la actitud que palpita allí, la fuerza que colma ese corazón. Es muy cierto lo que a menudo se proclama con aquellas palabras cuyo sentido no alcanzamos a agotar: que el corazón de Cristo es principio y fin de todo. Y todo lo que está fundado sólidamente –en lo que hace a vida eterna y muerte eterna- debe a Él su firmeza.
Guardini, Romano, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 516.
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