Lunes, 3 de noviembre del 2008
Domingo, 2 de noviembre del 2008
10 Por lo demás, fortalézcanse en el Señor con su energía y su fuerza. 11 Lleven con ustedes todas las armas de Dios para que puedan resistir las maniobras del diablo.
12 Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba.
13 Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. 14 Tomen la verdad como cinturón y la justicia como coraza; 15 estén bien calzados, listos para propagar el Evangelio de la paz.
16 Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio.
17 Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios.
18 Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo en favor de todos los santos, sus hermanos. 19 Rueguen también por mí, para que, al hablar, se me den palabras y no me falte el coraje para dar a conocer el misterio del Evangelio 20 cuando tenga que presentar mi defensa, pues yo soy embajador encadenado de este Evangelio.
Un profundo anhelo de Dios -bellamente expresado con la imagen de la tierra sedienta (v. 2)- es el sentimiento que domina todo este Salmo. Su autor podría ser un levita desterrado, que recuerda el tiempo en que vivía junto al Santuario, gozando de la intimidad con el Señor. En el silencio de la noche rememora aquellas horas felices, y ese recuerdo le sirve de consuelo (vs. 7-9). El versículo final indica que el salmista identifica su propia suerte con la de todo su Pueblo, representado en la persona del rey.
1 Salmo de David. Cuando estaba en el desierto de Judá.
2 Señor, tú eres mi Dios,
2 yo te busco ardientemente;
2 mi alma tiene sed de ti,
2 por ti suspira mi carne
2 como tierra sedienta, reseca y sin agua.
3 Sí, yo te contemplé en el Santuario
3 para ver tu poder y tu gloria.
4 Porque tu amor vale más que la vida,
4 mis labios te alabarán.
5 Así te bendeciré mientras viva
5 y alzaré mis manos en tu Nombre.
6 Mi alma quedará saciada
6 como con un manjar delicioso,
6 y mi boca te alabará
6 con júbilo en los labios.
7 Mientras me acuerdo de ti en mi lecho
7 y en las horas de la noche medito en ti,
8 veo que has sido mi ayuda
8 y soy feliz a la sombra de tus alas.
9 Mi alma está unida a ti,
9 tu mano me sostiene.
10 Que caigan en lo más profundo de la tierra
10 los que buscan mi perdición;
11 que sean pasados al filo de la espada
11 y arrojados como presa a los chacales.
12 Pero el rey se alegrará en el Señor;
12 y los que juran por él se gloriarán,
12 cuando se haga callar a los traidores.
Domingo, 19 de octubre del 2008
En realidad, todos cuanto hemos sido bautizados en Cristo y nos hemos «vestido de Cristo» como nueva identidad, estamos obligados a ser santos como Él es santo. Estamos obligados a vivir una vida digna, y nuestras acciones deben ser testimonio de nuestra unión con El. El deberá manifestar su presencia en nosotros y a través de nosotros.
Merton, Thomas, Vida y santidad, Santander, Sal Terrae, 2006, p. 26.
Su trabajo consistía en liberarlos, no sólo de la dominación egipcia, sino también de la esclavitud de su ego. Tenía que acompañarlos en el penoso éxodo por el desierto y conducirlos hasta la auténtica Tierra Prometida, el debir, el santuario interior.
Otón, Josep, Debir, el santuario interior, Sal Terrae, Santander, 2002, p. 115.
|