Sábado, 21 de agosto del 2010
Nuestra relación con Dios no es comercial, no es un intercambio. Dios es un Padre de quien recibimos gracia y bondad. La vida eterna es infinitamente mayor que todas las obras buenas que podamos hacer para merecerla.
Basado en la reflexión del miércoles 18 de agosto de 2010 en Minutos de Amor, Manual de Oración y Formación Católica, www.MinutosdeAmor.com.
La grandeza de la oración reside, sobre todo, en la ausencia de respuesta y en el hecho de que en este intercambio no existe la fealdad de una transacción.
Antoine de Saint-Exupéry
Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: "El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos."
Lunes, 16 de agosto del 2010
La magia es un intento de controlar las fuerzas desconocidas, de penetrar en su secreto para no enfrentarnos a ellas totalmente inermes. Se ha dicho que la técnica tradujo este conato al plano racional explorando la trama funcional de la naturaleza para poder disponer de ella. Este proceso estuvo precedido de la desmitificación cristiana del mundo, que libró al hombre de la idea de unas fuerzas divinas misteriosas y le enseñó que vivimos en un mundo creado por Dios con arreglo a unas pautas racionales; él nos confió ese mundo para que conozcamos con nuestro entendimiento los pensamientos del suyo y aprendamos a administrar, ordenar y configurar su creación a partir de ellos. Pero de este modo se ha ido imponiendo la idea de que Dios es superfluo, y al final ha resultado ser un estorbo. Para Dios quedó sólo la subjetividad, ya que lo objetivo lo hemos conocido sin él. Pero en esta esfera de la subjetividad que le resta, Dios se convierte en mero sentimiento, que significa poco, o aparece como el espía que escucha a la puerta de mi existencia privada y me impide la libertad. Aun siendo tan poca cosa, es el último peligro que me impide el libre desarrollo. Así comienza de nuevo, de un modo más sutil, lo que antaño había intentado la magia de la naturaleza: hay que protegerse de Dios, debe desaparecer, hay que desenmascararlo para poder combatirlo. El psicoanálisis y la psicoterapia son esta magia del mundo interior donde el hombre se hace con el poder sobre el alma para librarse de la amenaza que representa Dios. Pero el alma escrutable ya no es libre, y el poder adquirido contra Dios se convierte en poder del hombre contra sí mismo.
Un canto nuevo para el Señor, Benedicto XVI, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 50.
[...] si Dios es, los dioses no son Dios. De ahí que se le deba adorar a Él y a nadie más. Pero ¿no están muertos los dioses hace tiempo? ¿no está eso claro y, por consiguiente, nada dice? Si uno observa atentamente la realidad, debe responder a esto preguntando a su vez: ¿de veras no se da en nuestro tiempo idolatría alguna?, ¿no hay nada que sea adorado al lado y en contra de Dios?, ¿no surgen otra vez los dioses, después de la muerte de Dios, con un poder tremendo? Lutero, en su catecismo mayor, formuló de manera impresionante esta relación de una cosa con la otra: «¿Qué significa que hay Dios, o qué es eso de Dios? Respuesta: se llama Dios al hallazgo de aquello en lo que uno debe cifrar el hallazgo de todo bien y a lo que recurre en todas las necesidades. Haber Dios es confiar y creer en Él con todo el corazón, como he dicho a menudo, que sólo la confianza y la fe del corazón hacen estas dos cosas: Dios e ídolo.» ¿En qué confiamos, pues, y creemos nosotros?, ¿no se han convertido en poderes el dinero, la fuerza, el prestigio, la opinión pública, el sexo?, ¿no se inclinan ante ellos los hombres y los sirven como a dioses?, ¿no cambiaría el mundo de aspecto si se arrojase del trono a esos ídolos?
El Dios de los cristianos, Benedicto XVI, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 26.
... el sida ha pasado a ser el retrato de la enfermedad íntima de nuestra época. […] La investigación médica busca, movilizando todas sus posibilidades, las sustancias inyectables contra la disolución de las fuerzas de inmunización corporal, y es su deber; a pesar de ello, sólo desplazará el campo de las destrucciones, sin detener la campaña triunfal de la anticultura de la muerte, si no reconocemos que la debilidad inmunológica del cuerpo es un grito del ser humano maltratado, una imagen que expresa la verdadera enfermedad: la indefensión de las almas en una cultura que declara nulos los verdaderos valores: Dios y el alma.
Un canto nuevo para el Señor, Benedicto XVI, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 36.
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