Domingo, 6 de mayo del 2012
Lo que Jesús es, hace y dice no puede dejar a nadie indiferente: o se le acepta o se le elimina. No pueden estar juntas luz y tinieblas, mentira y verdad, esclavitud y libertad, muerte y vida. Se da la una o se da la otra. Con todo, la decisión por Jesús supone un proceso de iluminación y de búsqueda, de liberación y de gestación: es el lento camino de la fe. Lo que provoca y anima ese proceso es el diálogo sincero, que pone en juego la existencia auténtica de toda persona, con todas sus contradicciones.
Fausti, Silvano, Una comunidad lee el Evangelio de Juan, San Pablo, Bogotá, 2008, p. 198.
Jesús afirma explícitamente que su enseñanza es de Dios. Lo sabe quien quiere cumplir su voluntad. Entre el conocimiento y la voluntad, la inteligencia y el amor hay una estrecha conexión, pues uno sólo conoce lo que quiere, entiende sólo lo que ama. Tanto la fe como la incredulidad no son cuestión de verdad teórica sino de voluntad práctica.
El ateismo, desde el punto de vista teórico, es poco crítico y muy dogmático: rechaza a priori lo que una fe iluminada (que jamás puede confundirse con credulidad, tan ampliamente extendida) admite por motivos válidos, a posteriori. La fe se funda en efecto, en signos que llevan a buscar y encontrar una verdad que luego la experiencia confirma como tal.
A menudo se habla de la irracionalidad de la fe, sin caer en la cuenta de que ella es más razonable que su contraria. Cuando hay sed, es razonable pensar que haya agua, como es irracional negar la posibilidad de que la haya. Pero, las cosas que contrarían la razón tienen razones profundas: las del corazón, que la razón se tarda en reconocer. El rechazo de Dios no proviene de la inteligencia –excepto que se trate de una reacción contra la credulidad-, sino de un corazón que todavía no está libre de los temores que bloquean sus más profundos deseos. San Agustín decía: “Creo para entender” y “entiendo para creer”. Para conocer a una persona hay que tener una confianza inicial en ella; así como para tener plena confianza en ella, es preciso conocerla bien. Principio del conocimiento es la fe, fin del conocimiento es una confianza confirmada. Fe y conocimiento van siempre juntos. La prioridad es, de cualquier forma, de la fe, por cuanto uno solamente conoce aquello que está dispuesto a conocer. Sin una fe razonable es imposible una vida a la que pueda llamarse humana.
Fausti, Silvano, Una comunidad lee el Evangelio de Juan, San Pablo, Bogotá, 2008, p. 201.
Domingo, 22 de abril del 2012
(Jn 6, 70): “¿No los he elegido yo a ustedes, los doce?” Y, sin embargo, uno de entre ustedes es un diablo. A pesar de haber sido Jesús quien había elegido a los doce y ellos lo habían reconocido, hay incluso ente ellos un diablo. Pues es Él quien nos elige a todos, tales como somos, por ser sus hermanos (cf. 13, 18). A nosotros corresponde elegirlo a Él. Después del primer anuncio de la pasión, Pedro se convierte en “escándalo” para Jesús (cf. Mt 16, 23) y es llamado “Satanás”, por no aceptar la cruz (cf. Mc 8, 33; Mt 16, 23). Juan, lo mismo que Lucas, no refiere esta escena, pero ciertamente la recuerda y alude a ella. Habla de elección en un contexto de defección y traición, para mostrar que ella es irrevocable: el Señor permanece eternamente fiel, más allá de todas nuestras infidelidades.
Entre los doce siempre está el diablo: se manifiesta en Judas (cf. 13, 27), pero acecha a todos (cf. Lc 22, 31). Pedro y Judas personifican las dos almas que conviven siempre en todo creyente: la adhesión a Jesús y el rechazo de su carne entregada por nosotros. Si no se acepta su carne, no se tiene su Espíritu (1Jn 4, 2) y se hace de su persona un simple asidero de la propias falsas expectativas.
Fausti, Silvano, Una comunidad lee el Evangelio de Juan, San Pablo, Bogotá, 2008, p. 186.
(Jn 6, 65): “Nadie puede venir a mí si no le es dado por el Padre” (cf. v. 44). Jesús reafirma que creer en el Hijo es don del Padre. Este don se ofrece a todos sus hijos. De no ser así, Dios no podría ser el Padre de todos ni Jesús el Hijo, por el que todo ha sido creado (cf. 1, 3).
La incredulidad es el gran misterio de la libertad del hombre, que, esclavo de la ignorancia y del vicio que ella engendra, es incapaz de responder al amor con amor. La “culpa” de la incredulidad, tanto aquí como en el v. 44, parece endosarse al Padre más que a sus hijos. Es una paradoja atribuir a Dios la responsabilidad última de nuestro mal; pero es también la única posibilidad de resolverlo. Porque si a Él incumbe la última palabra, podemos tener la absoluta certeza de que no será una palabra perversa como la nuestra. Por eso, el Hijo que conoce al Padre, tomará sobre sí en la cruz el mal del mundo.
Si es Dios quien da la fe, muchos se preguntarán: “¿Por qué a mi no me la da?” Perro el sólo hecho de formularse esta pregunta, da a saber que tienen ya el deseo de la fe, porque ella es una semilla innata en el corazón de todo hombre, que más pronto o más tarde terminará por germinar. ¡Mejor pronto que tarde!
Fausti, Silvano, Una comunidad lee el Evangelio de Juan, San Pablo, Bogotá, 2008, p. 185.
(Jn 6, 64): “Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. A su amor se opone nuestro egoísmo: cada uno no entiende más que su propio idioma, presta fe a lo que confirma cuanto ya ha pensado. Los motivos de la fe y de la incredulidad no están en la cabeza sino en el corazón, no en la razón sino en la situación concreta en que se vive. Sólo quien está suficientemente liberado del egoísmo y del miedo, es capaz de abrirse a palabras de amor y de confianza.
Fausti, Silvano, Una comunidad lee el Evangelio de Juan, San Pablo, Bogotá, 2008, p. 185.
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