Los discípulos de un maestro sufí nos han preservado la conversación de uno de ellos:
Discípulo: -Rezo siempre mirando hacia La Meca, Maestro, porque hacia allí me han enseñado a dirigir mis plegarias.
Maestro: -Haces bien, pero no puedes estar todo el día mirando hacia La Meca, y Dios está en todas partes. Acostúmbrate a rezar también en todas direcciones.
-Rezo siempre a las horas determinadas, Maestro, cuando el muecín llama a la oración desde el minarete de la mezquita.
-Haces bien, hijo mío: pero acostúmbrate a rezar también cuando no llama nadie, pues Dios está dispuesto a escucharte en cualquier momento.
-Yo rezo con mis labios, Maestro, cuando recito versos sagrados, con mis dedos al pasar las cuentas benditas de oración, con mis rodillas al hincarlas en el suelo en adoración, con mis ojos cuando derraman lagrimas de devoción.
-Haces bien, hijo mío: pero acostúmbrate a rezar también cuando tus labios no se muevan o tus rodillas no estén hincadas; cuando tus ojos miren otros objetos y tus dedos se empleen en otros menesteres. Dios esta en todas las circunstancias de la vida, en todo movimiento y en toda palabra, en todo gesto y en toda mirada y allí hemos de hallarlo si queremos estar siempre en su presencia. Las posturas rituales son sólo para recordarnos que cualquier postura nos ha de llevar a pensar en Dios; y las lecturas sagradas son sólo para recordarnos que toda palabra ha de servirnos para recordar su nombre. La mezquita está en su sitio para consagrar todo el espacio. La Meca es una para bendecir toda la tierra.
-Lo acepto, Maestro, porque veo a Dios en vos.
-Como yo veo a Dios en ti, hijo mío.
Vallés, Carlos G., Cuéntame cómo rezas, Ed. San Pablo, Bogota, 1998, p. 206.
Dios no deja las cosas a medias: El comenzó su obra en mí cuando Él quiso y como quiso; Él sabe de tiempos y maneras, de amaneceres y de ocasos, de intimidades y silencios, y Él seguirá a su ritmo y a su modo la obra que comenzó y que no dejará de llevar a feliz término. Por eso no me apuro en tiempos de soledad o en vigilias nocturnas; no me preocupo cuando parece desmayar el fervor y enfriarse la ilusión. Hay quien lo sabe y lo entiende y, en su sabiduría y su bondad, hace que aun esas oscuridades mías encajen en su cuadro final, y mis desvíos, en su camino. Él continuará su obra (¡y su obra soy yo!), hasta completarla en «el día de Cristo Jesús».
Vallés, Carlos G., Cuéntame cómo rezas, Ed. San Pablo, Bogota, 1998, p. 82.